Dicen que a partir del otoño el río acrecienta su cauce, ruge y alborota el aire con su sonido. En verano cambia su fisonomía: el agua baja, aparecen las playas y se forman piletas de tono turquesa. Al río Hermoso, entonces, se lo escucha correr, escurrirse entre las piedras.
La experiencia de contemplar este paisaje desde el hotel es única. A metros del agua todos sus espacios invitan al íntimo contacto con la naturaleza. Exterior e interior se integran en Río Hermoso: la madera nativa y las piedras milenarias de su estructura arquitectónica se fusionan con el entorno y, al mismo tiempo, conforman un ambiente de diseño contemporáneo.
Sillones de estilo proponen el descanso en la sala de estar. Luego de una mañana de pesca o un día de esquí, el cuerpo pide comodidad y un ambiente relajado. En los salones y los cuartos, los tonos juegan a imitar la naturaleza. Verde manzana para los sillones y cálidos tostados para las cortinas.
En la planta alta las habitaciones tienen amplias terrazas privadas. Previo al almuerzo o la cena se impone un momento en este sitio. Despiertan los sentidos una copa de vino boutique y una delicatessen recién salida de la cocina. En esta casa de montaña el menú del restaurante se inspira en cada una de las estaciones del año y propone un encuentro entre los sabores regionales y la cocina internacional. Paredones de piedra vertical enmarcan el hotel. Cerros más bajos recortan el horizonte del otro lado del río. El sol ilumina los árboles y multiplica el verde en degradés. Un pescador levanta su línea. Con el agua a las rodillas puede ver en el fondo las piedras azules, rojas, amarillas.
Nutrido de arroyos y afluentes de deshielo, el río Hermoso se descarga en el lago Meliquina. Su caudal siempre se renueva. Observarlo es comprender que está vivo y confirmar la creencia de que nunca es el mismo.