El lago azul profundo luce un entramado brillante. Una brisa fresca acaricia la cara mientras el velero se desplaza con tranquilidad por el lago Aluminé. En el transcurso de la mañana recorrerá algunas de las islas de formación volcánica y las playas de lava fina y clara.
Al llegar a la tercera península sorprende La Escondida en su vértice rocoso. La posada construida en piedra y madera parece levitar sobre el lago. Las amplias ventanas y terrazas no hacen más que mirar y mirar el Aluminé. Se disfrutan sus cómodos decks y balcones, a la sombra de los árboles o al resguardo de las sombrillas.
En el interior, recuerdos de viajes y familiares conviven en un ambiente ecléctico y armónico. Un sillón francés se luce junto a una matra colorida. Muebles de campo se iluminan con lámparas de moderno diseño. La mecedora de la abuela invita a descansar los pies en una alfombra de piel.
En invierno el sol que entra por las ventanas hace más acogedor el estar con hogar a leña. Aquí se puede tomar un té en hebras en vajilla antigua y degustar una torta de arándanos, entre otras delicias que ofrece la cocina.
Luego de reponer fuerzas, el cuerpo caliente está listo para volver a la nieve, en el parque del volcán Batea Mahuida. El cráter cubierto de blancos copos duerme en paz y cuando llega el verano deja ver en su corazón una laguna color esmeralda.
Después, el descanso en el paraíso de la contemplación. Desde el entrepiso de la posada se aprecia la otra orilla del lago. El azul del agua refleja el celeste y blanco del cielo. Al oeste, se levanta el volcán, “cerro de la batea” en lengua mapuche. Las araucarias recortan el aire con sus ramas arqueadas. Una gaviota solitaria suspende sus alas en el aire. Sopla suave el viento y se hinchan las velas de una embarcación que, a puro sol, vuelve a navegar el Aluminé.