Tomar aire, contenerlo unos segundos y zambullirse. Brazos y piernas empujan el agua, sincronizan el nado hasta llegar al borde de la pileta. Desde allí el cerro Colorado deslumbra la vista y se siente el perfume del bosque.
La actividad física deja paso al descanso en el exclusivo spa del Hotel Las Balsas. La madera de los pisos y la piedra en sus paredes conviven en armonía con el verde de la montaña que se filtra por sus grandes ventanales. Luego de una sesión de masajes se eliminan tensiones y con energía renovada continúa el día.
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Desde el restaurante se contempla el jardín, cuyo cuidado diseño dibuja el contorno del hotel. Una imponente madreselva, los lupinos, las rosas, las lavandas y el autóctono amancay encienden el verde con sus colores. En primavera también hay tulipanes que, por un breve período, dejan ver sus encerados pétalos. Luego de una clase de cocina al aire libre, algunos huéspedes deciden visitar la cava, otros degustar el exclusivo blend Unus de Mendel, bodega de los dueños del hotel. Mientras, comienzan los preparativos para un almuerzo de cocina de autor con productos de estación y de la zona.
Una combinación de texturas y colores ambienta cada espacio. Para fumar un habano, el Petit bar ofrece confortables sillones de cuero, donde las paredes rojo tomate contrastan con el claro mosaico inglés. En el living, se destaca el muro tapizado en cuero sobre el que se recuesta una mesa de madera y cemento, un trabajo de los artesanos locales. Tejidos marroquíes y mapuches lucen sus tonos en las suites con ventanas de vidrio partido.
Desde el muelle se ve la playa de arena y piedra. Un grupo espera para embarcar mientras observa algunos kayacs emprender un paseo por la bahía. El sol calienta el aire e invita a caminar descalzos sobre la madera hasta llegar al borde. Esta vez en el lago, el calor vuelve a pedir un chapuzón. El agua renueva y recuerda que la armonía es posible. Sólo hay que saber a dónde venir a buscarla. |