La estepa apenas ondulada se desanda a pura cabalgata. Los caballos conocen la huella y suben tranquilos por los senderos sinuosos que escalan la montaña. Detienen su marcha en el mirador frente al Campo de Hielo. Luego de desensillar, en el refugio de troncos, esperan los bifes al disco y el vino en copas. A pocos metros, la magnífica vista del glaciar Upsala. |
Alojarse en Estancia Cristina es una oportunidad única de experimentar la cercanía de este gigante de hielo. El embarque es en Punta Banderas y, luego de navegar más de una hora, se arriba al glaciar. Sorprenden los continuos desprendimientos de hielo que, en su mayoría, están motivados por la proximidad de la mole con el agua. El viaje se extiende por uno de los brazos del lago Argentino hasta llegar a esta mítica estancia dentro del Parque Nacional.
Los Masters, primeros pobladores, vivieron aquí a principios del siglo XX. Se dedicaron a la ganadería y, más adelante, su hogar se convirtió en un refugio turístico de montaña. Estancia Cristina conserva el espíritu que animó a estos pioneros y a la arquitectura exterior que los albergaba.
En lo que era el galpón de esquila, un pequeño museo conmemora la historia familiar. El secadero de ovejas es hoy el restaurante de comida gourmet. La ambientación de cada uno de los lodges, donde están las habitaciones, recuerda los lugares de trabajo de la estancia: la veterinaria, el almacén, la carnicería. Vajilla, frascos, herramientas, esquíes, instrumentos y baúles antiguos decoran livings y cuartos. Barracanes en rojo y verde colorean los sillones.
De vuelta a la actividad, en vehículos 4x4 se llega al mirador Upsala. Un trekking por el cañadón de los Fósiles permite ver las marcas de caracoles, ostras y conchas. Las paredes de piedra enmarcan el glaciar y exhiben los rastros del retroceso de los hielos. Un ciclo de vida de avances y repliegues. Una vez más, la geografía regala sus enseñanzas y un paisaje para recordar por siempre. |